AQUILEO

Sunday, October 02, 2005

Columna de Carlos Peña del 02092005

El nominado
Carlos Peña G.
No da lo mismo quién sea el próximo ministro de la Corte Suprema. Nos interesa a todos conocerlo, saber qué piensa; cuáles son los prejuicios de que está consciente, esos otros que lo dominan; cuán vulnerable, en suma, podría ser. Después de todo, no es poco lo que pondremos en sus manos.
El palacio de calle Compañía es una extraña mezcla de solemnidad y de pobreza. En sus recovecos interiores hay de todo. Mármol en las escaleras; oficinas caprichosas como diseñadas por un Gaudí ordinario y tosco, divididas una y mil veces con cholguán, madera terciada y otros desechos; maderas nobles en algunas de sus salas; anafes para la hora del té en casi todas; mantas escocesas para el frío y también para evitar que el traje se ponga brilloso; libros y códigos; bellos muebles centenarios; calendarios con avisos de martilleros públicos para ordenar la agenda; retratos de jueces que ya se fueron; tarjetones escritos con plumón; hojas cosidas con hilo de volantín (del diez y, por supuesto, sin curar); hombres de gris con traje y chaleco tejido a palillo; poca luz; algunas mujeres con traje dos piezas; abogados de diverso talante, algunos tan nerviosos como sus clientes; estudiantes algo desaprensivos que miran con tibio pavor la suerte que les espera; gendarmes algo sedentarios y excedidos de peso que vigilan; ascensores con rejas de bronce de los años cuarenta, y, era qué no, periodistas debajo de una escalera casi a la entrada, mirando un televisor de catorce pulgadas, justo allí donde principia el mármol.En ese lugar desenvuelve su trabajo cotidiano la Corte Suprema de Justicia.Cuando sus miembros dictan sentencia a usted no le queda más que rezar. Para agradecer, pedir un milagro o consolarse. Nada más. No hay caso. Sus decisiones son definitivas.Sus veintiún miembros cuando interpretan la ley y dictan sentencia, les comunican a diecisiete millones de chilenos qué es derecho en Chile y qué no lo es. Ellos dicen de manera definitiva qué es derecho (que no es lo mismo que afirmar que el derecho es lo que dicen ellos). Nos hacen saber qué reglas son obligatorias para todos y cuáles no; qué actos son reprobables desde el punto de vista jurídico y cuáles son indiferentes; quién ha estado a la altura de los compromisos que mantiene frente a la comunidad y quién, en cambio, los ha traicionado; qué dicen las reglas y qué es aquello que, en cambio, sólo aparentan decir.Son, por decirlo así, el superego de nuestra comunidad.Sin ellos, el estado de derecho no sería posible. Sus decisiones van poco a poco modelando la comunidad política.¿Es correcta la píldora del día después?, ¿se pueden congelar los embriones?, ¿cómo se cuentan los plazos?, ¿está prohibido ofender a Cristo?, ¿se puede publicar cualquier cosa?, ¿es o no es persona el embrión?, ¿tienen bienes en común los convivientes?, ¿puede una lesbiana educar a sus hijas?, ¿tienen autonomía los niños?, ¿cuándo prescriben los crímenes?, ¿está Pinochet en su sano juicio?, ¿podrá cerrarse alguna vez Colonia Dignidad?, ¿es la homosexualidad un crimen?, ¿es correcto favorecer a los indígenas?, ¿es el caso MOP la simple alharaca de una tribu?, ¿tenemos derecho al secreto?, ¿es cada uno dueño de su imagen?, ¿existe o no existe la presunción de inocencia?, ¿tenemos o no derecho a la libertad provisional?, ¿los derechos humanos son algo o son humo?, ¿es la muerte una puerta de escape al sufrimiento?, ¿desaparecieron los desaparecidos?, ¿puede secuestrarse a un cadáver?Ese tipo de preguntas son las que, salvo algunos detalles técnicos, debe resolver una Corte Suprema de Justicia. No son preguntas banales, como usted ve. Ls respuestas que demos a cada una de ellas configurarán, poco a poco, el clima moral en el que se desenvolverá la vida en común y el futuro de nuestros hijos.Es cierto. Al responderlas, los jueces no deben pensar qué decidirían ellos, sino esforzarse lealmente por averiguar qué es lo que decidieron las reglas. Las mismas que usted y yo -nosotros, el pueblo- aprobamos mediante nuestros representantes.Pero el lenguaje es imperfecto y las reglas dejan inevitables márgenes de discreción, intersticios por donde se cuelan la personalidad, los prejuicios, la ideología, las cicatrices de quien las lee.Por eso, no da lo mismo quién sea el próximo ministro de la Corte Suprema. Nos interesa a todos conocerlo, saber qué piensa; cuáles son los prejuicios de que está consciente, esos otros que lo dominan; cuán vulnerable, en suma, podría ser.Después de todo, no es poco lo que pondremos en sus manos.Conscientes de todo eso, algunos sistemas legales se esmeran por dotar a los procesos de elección de sus jueces de una particular transparencia y participación. En la Suprema Corte de los Estados Unidos, por ejemplo, el asunto es particularmente intenso. Un confesionario a cargo de un cura voyerista quedaría pálido frente al Comité de Justicia del Senado. El candidato es puesto patas arriba y se le revisan hasta los bolsillos, los amores de adolescencia, los pequeños vicios cotidianos. No es simple curiosidad. El sistema legal americano está consciente de que los prejuicios y la historia pesan a la hora de interpretar la ley, y sabe que es mejor no ignorarlos. En otros sistemas, la decisión se traslada a un órgano de representación múltiple, donde, en medio de la pluralidad, se delibera acerca de cuál sea el mejor candidato.En Chile, en cambio, tenemos un sistema con participación múltiple, pero poca transparencia. Es verdad que participa la propia Corte, el Presidente de la República y el Senado. Pero no existe un sistema de audiencias públicas. Hay, en cambio, reuniones más o menos formularias. Y el conjunto del público -esos ciudadanos que se preocupan de sus instituciones- no tiene ninguna oportunidad de verificar si tras la decisión que se adopta hay o no buenas razones. Porque la publicidad sirve para eso: para inhibir las malas razones y más tarde pedir cuentas.¿Qué sabemos nosotros, ahora, por lo pronto, del juez Muñoz? Poco, la verdad. Conocemos su postura corporal (siempre queriendo tomar venganza de la baja estatura), alguna afición universitaria, su vocación de fiscal. De lo que él piensa acerca de asuntos de interés general no sabemos nada. Y, así, lo tendremos como ministro de la Corte Suprema con la ilusión de la neutralidad más absoluta. Pero él sabe, usted sabe y yo sé que la neutralidad no existe. Y los tres sabemos que si es malo tener prejuicios, es peor no estar advertido de que se tienen.Pero ya ve usted, a la hora de nominar a quien responderá preguntas tan importantes, nosotros, el pueblo, no podemos preguntar nada.

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