La capucha imperfecta
Aunque la propaganda del condón hiera ciertas creencias, el Estado está obligado a emprenderla so pena de tolerar la infección de esos muchos jóvenes y viejos que todavía tienen prejuicios a la hora de usar condón; pero no a la hora de intimar incluso ocasionalmente. Si la Iglesia Católica puede arriesgar echarse sobre la espalda el sufrimiento de esos miles para así honrar sus creencias, el Gobierno no puede.
CARLOS PEÑA G.
Vicerrector Académico Universidad Diego Portales
¿Es correcta la campaña lanzada esta semana donde, sobre el fondo de un Kamasutra de cómics y empleando el lenguaje de la tribu, se promueve el uso del condón? ¿Debe el Gobierno estimular el uso del preservativo, incluso si con ello hiere las creencias y los sentimientos de esos católicos que fieles a sus pastores y a sus creencias morirán sin haber usado nunca esa capucha de plástico? ¿Tiene, por su parte, derecho la Iglesia a enfadarse por esa propaganda y oponerse a ella con todos los medios a su alcance? ¿Debemos aceptar que, ya no la Iglesia, sino ahora la televisión católica se inhiba en esta campaña?
Acerca de la acción emprendida por el Gobierno, no parece, a primera vista, haber duda. Interesa a todos prevenir el sida. Y la entrega de información fidedigna acerca de la manera más eficaz de hacerlo es plenamente compatible con la autonomía de cada uno a la hora de vivir su intimidad.
Para esos miles y miles de jóvenes con el deseo efervescente, que hablan el lenguaje de la calle, que fantasean y exploran, y a quienes los rigurosos mandamientos de la Iglesia dejan inexplicablemente impávidos, es bueno contar con esa información que si no les ayuda a salvar su alma, sí al menos les evita una enfermedad horrenda que, de otra manera, podría propagarse sin control alguno. Sería, por supuesto, mejor que aprendieran de una vez que la intimidad no debe prodigarse de buenas a primeras, que, como en otras esferas de la vida, incluso en el sexo la templanza puede ser beneficiosa y placentera, que el erotismo es enemigo de la promiscuidad y que esperar no siempre es malo. Pero mientras se convencen de eso arriesgamos el peligro que miles se infecten, infecten a otros y hagan sufrir a sus padres y a sí mismos.
Entonces es mejor que sepan desde ya que, en espera que los ejercicios espirituales y las duchas frías surtan sus efectos, lo más seguro es usar condón.
Mientras tanto la Iglesia -cuyos verdaderos fieles hacen, no tengo duda alguna, la cruz al preservativo- está en su derecho de mostrar a todos los descreídos el grave error que cometen al usar esa capucha. Ella les hará ver que aun cuando el deseo se insubordine, es mejor arriesgar la salud y el sufrimiento indecibles antes que usar ese profiláctico que, según nos revela el Magisterio, maltrata nuestra verdadera condición. Esa tarea es sobre todo de los clérigos, por supuesto. Ellos enseñan con su ejemplo, día tras día a nuestros jóvenes el valor de la contención y de la abstinencia. No faltaba más.
¿Y los medios católicos? ¿Tienen ellos derecho a escoger el tipo de mensajes que transmiten incluso cuando se trata de la salud pública? ¿Deberían transmitir información relativa al uso del condón?
Aparentemente ellos cuentan con una buena razón para oponerse. El uso del condón lesiona la forma de vida en la que creen: una sexualidad abierta a la procreación dentro del matrimonio. ¿Cómo podría estimarse incorrecto, entonces, que se abstengan de transmitir esos mensajes? ¿Acaso no estarían negando el proyecto de vida en el que creen? ¿Cómo podríamos obligarlos a eso? ¿Por qué ellos iban a transgredir los valores que, como sabemos, se esmeran en promover con escrúpulo, y para bien de todos nosotros, en el conjunto de sus programas?
Esa argumentación es plausible; pero me temo no es del todo vigorosa en la televisión abierta. La televisión abierta hace uso de un bien público que supone ciertos gravámenes. ¿No es razonable, entonces, pedirles que, como lo aconseja la evidencia disponible, informen acerca del uso del condón como el medio más eficaz de controlar el sida? ¿Y ello, claro, sin perjuicio de que usen el lenguaje que les parezca adecuado y, al mismo tiempo, empleen el resto de sus espacios para promover la forma de vida en la que creen? Después de todo, el mismo argumento que se esgrime hoy para no transmitir información abierta acerca del uso del condón podría esgrimirse a la hora de transmitir propaganda electoral si uno de los candidatos, por ejemplo, promueve ideas que irriten las creencias editoriales. ¿Aceptaríamos entonces ese tipo de objeciones?
Ya es bastante que sólo una creencia religiosa -en un estado neutral- pueda contar con un bien público de la importancia del que hace posible la televisión abierta. Que además se resista a participar de campañas donde está en juego el interés general, no parece del todo correcto.
Por eso, los medios católicos no, debieran abstenerse de difundir el uso del condón. Nadie les pide que sacrifiquen sus creencias. O que guarden silencio a la hora de promoverlas. Se trata apenas de que homenajeen, junto con sus creencias, el carácter público del bien que utilizan.
Pero, en fin, si el canal católico tiene remilgos, el Gobierno no. Si la Iglesia busca caminos de perfección a cualquier precio, el Gobierno no puede permitirse ese lujo.
El Gobierno -incluso en un estado liberal que debe esmerarse en no herir las creencias de las minorías- tiene un compromiso con el bienestar general. Está obligado a atender a las consecuencias de las acciones que realiza o de las que se niega a realizar. Sobre todo si la muerte está entre esas consecuencias. La comunidad política -compuesta de gentes de todos los credos y de todos los comportamientos- no es un club de suicidas.
Por eso, aunque la propaganda del condón pueda herir a ciertas creencias, el Estado está obligado a emprenderla so pena de tolerar la infección y la muerte de esos muchos jóvenes y viejos que todavía tienen prejuicios y frenos a la hora de usar condón; pero no a la hora de intimar, incluso ocasionalmente. Si la Iglesia Católica puede arriesgar echarse sobre la espalda el sufrimiento y la infección de esos miles de personas para así honrar sus creencias, el Gobierno no puede. Si lo hiciera, sería irresponsable.
Sería irresponsable incluso con esos millones de parejas que van sinceramente a misa, entierran a sus muertos con la esperanza de la vida eterna, bautizan a sus hijos, se alegran y se emocionan con la canonización del Padre Hurtado, hacen esfuerzos por ser solidarios y ponen su vida cotidiana en las manos de Dios. Pero que a la hora de vivir su sexualidad usan condón.
Porque habrá, supongo, entre los católicos, algunas ovejas descarriadas que a la hora de tener sexo no lo hacen sólo inflamados por la posibilidad de coadyuvar a Dios en su tarea creativa y entornando los ojos ante la posibilidad de traer niños a este valle de lágrimas, sino también -Dios los perdone- por la simple búsqueda del placer.
CARLOS PEÑA G.
Vicerrector Académico Universidad Diego Portales
¿Es correcta la campaña lanzada esta semana donde, sobre el fondo de un Kamasutra de cómics y empleando el lenguaje de la tribu, se promueve el uso del condón? ¿Debe el Gobierno estimular el uso del preservativo, incluso si con ello hiere las creencias y los sentimientos de esos católicos que fieles a sus pastores y a sus creencias morirán sin haber usado nunca esa capucha de plástico? ¿Tiene, por su parte, derecho la Iglesia a enfadarse por esa propaganda y oponerse a ella con todos los medios a su alcance? ¿Debemos aceptar que, ya no la Iglesia, sino ahora la televisión católica se inhiba en esta campaña?
Acerca de la acción emprendida por el Gobierno, no parece, a primera vista, haber duda. Interesa a todos prevenir el sida. Y la entrega de información fidedigna acerca de la manera más eficaz de hacerlo es plenamente compatible con la autonomía de cada uno a la hora de vivir su intimidad.
Para esos miles y miles de jóvenes con el deseo efervescente, que hablan el lenguaje de la calle, que fantasean y exploran, y a quienes los rigurosos mandamientos de la Iglesia dejan inexplicablemente impávidos, es bueno contar con esa información que si no les ayuda a salvar su alma, sí al menos les evita una enfermedad horrenda que, de otra manera, podría propagarse sin control alguno. Sería, por supuesto, mejor que aprendieran de una vez que la intimidad no debe prodigarse de buenas a primeras, que, como en otras esferas de la vida, incluso en el sexo la templanza puede ser beneficiosa y placentera, que el erotismo es enemigo de la promiscuidad y que esperar no siempre es malo. Pero mientras se convencen de eso arriesgamos el peligro que miles se infecten, infecten a otros y hagan sufrir a sus padres y a sí mismos.
Entonces es mejor que sepan desde ya que, en espera que los ejercicios espirituales y las duchas frías surtan sus efectos, lo más seguro es usar condón.
Mientras tanto la Iglesia -cuyos verdaderos fieles hacen, no tengo duda alguna, la cruz al preservativo- está en su derecho de mostrar a todos los descreídos el grave error que cometen al usar esa capucha. Ella les hará ver que aun cuando el deseo se insubordine, es mejor arriesgar la salud y el sufrimiento indecibles antes que usar ese profiláctico que, según nos revela el Magisterio, maltrata nuestra verdadera condición. Esa tarea es sobre todo de los clérigos, por supuesto. Ellos enseñan con su ejemplo, día tras día a nuestros jóvenes el valor de la contención y de la abstinencia. No faltaba más.
¿Y los medios católicos? ¿Tienen ellos derecho a escoger el tipo de mensajes que transmiten incluso cuando se trata de la salud pública? ¿Deberían transmitir información relativa al uso del condón?
Aparentemente ellos cuentan con una buena razón para oponerse. El uso del condón lesiona la forma de vida en la que creen: una sexualidad abierta a la procreación dentro del matrimonio. ¿Cómo podría estimarse incorrecto, entonces, que se abstengan de transmitir esos mensajes? ¿Acaso no estarían negando el proyecto de vida en el que creen? ¿Cómo podríamos obligarlos a eso? ¿Por qué ellos iban a transgredir los valores que, como sabemos, se esmeran en promover con escrúpulo, y para bien de todos nosotros, en el conjunto de sus programas?
Esa argumentación es plausible; pero me temo no es del todo vigorosa en la televisión abierta. La televisión abierta hace uso de un bien público que supone ciertos gravámenes. ¿No es razonable, entonces, pedirles que, como lo aconseja la evidencia disponible, informen acerca del uso del condón como el medio más eficaz de controlar el sida? ¿Y ello, claro, sin perjuicio de que usen el lenguaje que les parezca adecuado y, al mismo tiempo, empleen el resto de sus espacios para promover la forma de vida en la que creen? Después de todo, el mismo argumento que se esgrime hoy para no transmitir información abierta acerca del uso del condón podría esgrimirse a la hora de transmitir propaganda electoral si uno de los candidatos, por ejemplo, promueve ideas que irriten las creencias editoriales. ¿Aceptaríamos entonces ese tipo de objeciones?
Ya es bastante que sólo una creencia religiosa -en un estado neutral- pueda contar con un bien público de la importancia del que hace posible la televisión abierta. Que además se resista a participar de campañas donde está en juego el interés general, no parece del todo correcto.
Por eso, los medios católicos no, debieran abstenerse de difundir el uso del condón. Nadie les pide que sacrifiquen sus creencias. O que guarden silencio a la hora de promoverlas. Se trata apenas de que homenajeen, junto con sus creencias, el carácter público del bien que utilizan.
Pero, en fin, si el canal católico tiene remilgos, el Gobierno no. Si la Iglesia busca caminos de perfección a cualquier precio, el Gobierno no puede permitirse ese lujo.
El Gobierno -incluso en un estado liberal que debe esmerarse en no herir las creencias de las minorías- tiene un compromiso con el bienestar general. Está obligado a atender a las consecuencias de las acciones que realiza o de las que se niega a realizar. Sobre todo si la muerte está entre esas consecuencias. La comunidad política -compuesta de gentes de todos los credos y de todos los comportamientos- no es un club de suicidas.
Por eso, aunque la propaganda del condón pueda herir a ciertas creencias, el Estado está obligado a emprenderla so pena de tolerar la infección y la muerte de esos muchos jóvenes y viejos que todavía tienen prejuicios y frenos a la hora de usar condón; pero no a la hora de intimar, incluso ocasionalmente. Si la Iglesia Católica puede arriesgar echarse sobre la espalda el sufrimiento y la infección de esos miles de personas para así honrar sus creencias, el Gobierno no puede. Si lo hiciera, sería irresponsable.
Sería irresponsable incluso con esos millones de parejas que van sinceramente a misa, entierran a sus muertos con la esperanza de la vida eterna, bautizan a sus hijos, se alegran y se emocionan con la canonización del Padre Hurtado, hacen esfuerzos por ser solidarios y ponen su vida cotidiana en las manos de Dios. Pero que a la hora de vivir su sexualidad usan condón.
Porque habrá, supongo, entre los católicos, algunas ovejas descarriadas que a la hora de tener sexo no lo hacen sólo inflamados por la posibilidad de coadyuvar a Dios en su tarea creativa y entornando los ojos ante la posibilidad de traer niños a este valle de lágrimas, sino también -Dios los perdone- por la simple búsqueda del placer.


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