AQUILEO

Saturday, October 15, 2005

Editorial de la 3ra 151005

Modelo económico: un debate mal enfocado

No se está ante un problema de los principios de la economía, sino ante uno de naturaleza social cuyas vías más efectivas de solución están dentro de las reglas de ese modelo.


No es raro que en consignas y enunciados que se levantan durante los períodos electorales ciertos asuntos que se ponen sobre la mesa se simplifiquen en exceso. Eso es lo que ocurre ahora con el modelo económico vigente en Chile y los múltiples llamados, la mayoría de las veces con sentido de urgencia, a corregirlo.

Prácticamente sin distinciones, los portavoces de esas proclamas, que están en todos los sectores políticos, advierten de los riesgos que implica para el país la perpetuación de las actuales iniquidades en el ámbito social, sobre todo las brechas en la distribución de los ingresos, que no se condicen -destacan- con el crecimiento general de la economía. También cuestionan otros rasgos característicos de cómo opera el mercado en el país.

Chile tiene, en efecto, indicadores que dan cuenta de problemas importantes en el plano de la distribución de los ingresos y en otras áreas, como educación o salud, por nombrar sólo las más recurrentes. Nadie con un mínimo criterio de realidad puede poner en duda eso, razón por la que es de suponer que todas las candidaturas presidenciales, al menos en sus discursos, las hayan incorporado. Sobre lo que sí se puede discrepar, en cambio, es en si esas realidades, como se ha pretendido establecer, son consecuencia directa del modelo.

Desde que se empezaron a sentar sus bases a mediados de los años 70, el esquema de organización económica que opera en Chile, profundizado en los 80 y consolidado durante los últimos 15 años, ha funcionado bastante bien. Aunque eso no significa que no queden pasos claves que dar, como, por ejemplo, una apuesta mucho más firme por reformas de fondo en el plano de la microeconomía, el país disfruta hoy de una situación favorable que es reconocida en todo el mundo. Los bajos niveles de riesgo país y de deuda pública como porcentaje del PIB, la salud de las arcas públicas y las proyecciones de crecimiento y, por esa vía, las expectativas de desarrollo con perspectiva de medio plazo, entre varios otros indicadores, dan cuenta de esas condiciones generales muy positivas.

No es el modelo, entonces, lo que ha operado mal y, por tanto, no parece que corresponda achacarle a él los problemas a los que se alude para justificar los llamados a su "corrección" o, entre sectores más extremos, a su "eliminación" por su carácter "esencialmente perverso". Respecto de estos últimos, por lo demás, llama la atención que hasta ahora hayan sido incapaces de impulsar esa bandera con un respaldo masivo en las urnas, lo que -más allá de las discusiones relativas a los efectos del sistema electoral- no puede más que interpretarse como una casi total falta de apoyo en la ciudadanía a su idea del fin de las bases de la economía local.

Sobre lo anterior, entonces, huelga reconocer que de lo que se debería hablar no es de las "correcciones", sino de que Chile tiene, en resumen, un problema de desigualdad. Es decir, no es un problema de los principios de la economía, sino uno de naturaleza social cuyas vías más efectivas de solución, como demuestra la evidencia en todo el mundo, están precisamente dentro de las reglas del juego del modelo. Y, de la misma forma, aceptar que si persisten esos problemas es porque, en determinados ámbitos (vale aquí, otra vez, el ejemplo de la educación, el más emblemático por sus efectos) no se han hecho las cosas todo lo bien que se debería. ¿Pero corresponde, en definitiva, sostener que eso es responsabilidad de deficiencias sistémicas del modelo? Parece, entonces, que se trata de un debate artificial o, al menos, mal enfocado.

Vale la pena, por último, poner sobre la mesa las conclusiones de un reciente estudio a cargo del director de Instituto de Economía de la PUC, que concluyó que si se miden las diferencias en la distribución del ingreso en forma intrageneracional y no intergeneracional se constata, entre 1945 y 1978, que éstas disminuyen progresivamente como consecuencia del acceso a mayores niveles de educación. Una señal clara, entonces, de dónde hay que preocuparse de hacer verdaderas correcciones.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home