AQUILEO

Tuesday, November 01, 2005

¿Es Chile un país feliz?

Hace unas semanas me vino a ver el cineasta Patricio Guzmán. Éste vive hace muchos años en Francia, y su trabajo hasta ahora se ha concentrado en reconstruir la memoria del Chile 70-73. Ahora, su interés es comprender el Chile de hoy.

Su pregunta, a quemarropa, fue:
—¿Cuál es la principal transformación de las últimas décadas?
—El paso desde una sociedad de tipo europeo continental a una sociedad de tipo “estadounidense” —le respondí, tratando de no titubear.

Me quedé dándole vueltas a esa respuesta. En realidad, dicha transformación se observa en todoslos planos. En una economía de mercado radical. En un orden institucional orientado a proteger la propiedad y los derechos individuales. En una cultura individualista, donde el éxito y el prestigio de las personasse juega en la economía, y en particular en el consumo. En un sistema de protección y movilidad social basado en el esfuerzo y mérito individual. En la separación de los grupos sociales a través de sofisticados sistemas de segregación. En ciudades que se extienden indefinidamente, con una vida cotidiana que se privatiza y espacios públicos que se abandonan. En jornadas de trabajo cada vez más prolongadas, como lo prueban los estudios de la Dirección del Trabajo. En fin, en la competencia entre dos bloques políticos que no tienen entre sí diferencias ideológicas sustanciales.

Este cambio ya no tiene vuelta atrás. Sin embargo, esto mismo hace que hoy se planteen cuestiones que hasta ayer parecían fuera de lugar. Entre éstas, si acaso el tipo de sociedad que hemos elegido nos hará más felices.

Un libro reciente del británico Richard Layard hace ver que Europa continental goza de tasas de felicidad bastante superiores a los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque hay menor flexibilidad, competencia y desprotección (o, lo que es lo mismo, mayores grados de rigidez, predictibilidad y amparo); porque las personas trabajan menos horas, y buscan arreglos para compatibilizar la actividad laboral con otras dimensiones de su vida; porque mantienen un estilo de vida donde la libertad se alcanza en la comunidad y no en la libertad que da la fortuna individual; donde se privilegia la pertenenecia y no la autonomía, la estabilidad y no la movilidad. Esto hace que exista más confianza, más seguridad, y relaciones humanas de más calidad. Una vez alcanzado un nivel básico de bienestar —afirma el autor—, es esto, precisamente, lo que produce la felicidad.

Paul Krugman comentaba hace unas semanas en el “New York Times” un estudio que muestra que los franceses son más productivos que los norteamericanos. La diferencia estriba en que trabajan menos horas, por lo cual tienen menores ingresos y casas y autos más pequeños; pero están más con la familia y los amigos, y esto los hace más felices. Es una diferencia de prioridades, no de desempeño. Por lo mismo, señala con ironía, los círculos conservadores norteamericanos, que por un lado desprecian el “sistema francés”, mientras por el otro pregonan la importancia de los valores familiares, deberían aprender del ejemplo galo.

Los norteamericanos se equivocan, concluye Krugman, cuandocreen que su forma de vida es la mejor del mundo, y que no tienen nada que aprender de Europa —o, peor, de Francia.

Lo mismo debiéramos hacer los chilenos. No seguir a los norteamericanos en su arrogancia, no creer que el tipo de sociedad que compartimos con ellos es la única posible, y preguntarnos sin rubor cuál es el camino para ser más felices.

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